Epigmenio González: El «Armero» que la historia olvidó en Filipinas

Dentro de los años de la Independencia de México, existen nombres que resuenan con fuerza en cada celebración nacional. Sin embargo, detrás de las figuras más visibles, existieron hombres cuya labor logística y sacrificio personal fueron el cimiento real del movimiento insurgente. Uno de los casos más dramáticos y menos difundidos es el de Epigmenio González Flores (1781-1858), el armero queretano cuyo compromiso con la libertad lo llevó a vivir casi tres décadas de cautiverio en el rincón más remoto del imperio español.

El pilar logístico de la Conspiración de Querétaro

Para que un movimiento armado pase de la idea a la acción, se requiere de una infraestructura que pocos están dispuestos a gestionar por el riesgo que implica. Epigmenio González, junto a su hermano Emeterio, fue el encargado de esta tarea crítica.

Desde su posición como comerciante, Epigmenio operaba una tienda ubicada en la Plazuela de San Francisco, en la ciudad de Querétaro. Este establecimiento no era solo un punto de comercio, sino la fachada de una de las operaciones más peligrosas de 1810. Como miembro activo de las juntas literarias que en realidad eran reuniones conspirativas, Epigmenio trabajó codo a codo con personajes como el cura Miguel Hidalgo, Juan Aldama y la corregidora Josefa Ortiz de Domínguez.

Su rol fue el de «armero». En su domicilio, los hermanos González instalaron un taller clandestino dedicado a la fabricación de pólvora y la fundición de balas y cartuchos. Sin el material bélico que ellos producían y almacenaban, la insurrección no habría tenido los medios para sostenerse. Sin embargo, esta labor fue la que selló su destino: la noche del 14 de septiembre de 1810, tras una delación, las autoridades coloniales catearon su casa. El hallazgo del arsenal fue la prueba irrefutable de la conspiración, lo que obligó a adelantar el inicio de la lucha armada mientras los hermanos González eran puestos bajo custodia.

El largo exilio: 27 años de cautiverio en Filipinas

Mientras el país se desangraba en una guerra de once años, Epigmenio González enfrentaba un proceso judicial que inicialmente lo sentenció a muerte en 1815. No obstante, las autoridades virreinales conmutaron su pena por una sentencia que, en muchos sentidos, resultó más cruda: el destierro perpetuo y la prisión en las Islas Marianas y, posteriormente, en las Filipinas.

En aquel entonces, las Filipinas eran un territorio administrado por la Corona Española, pero geográficamente aislado de los eventos que ocurrían en América. Epigmenio pasó cerca de 27 años cautivo, lejos de su familia, de su tierra y de cualquier noticia sobre el progreso de la causa por la que lo había perdido todo.

Durante este tiempo, en México se le dio prácticamente por muerto. Mientras se consumaba la Independencia en 1821 y se establecían los primeros gobiernos republicanos, el «primer armero de la patria» seguía confinado en una celda al otro lado del océano. No fue sino hasta 1834, cuando España reconoció formalmente la independencia de México, que Epigmenio obtuvo su libertad y pudo emprender el penoso viaje de regreso.

El amargo regreso al México Independiente

El retorno de Epigmenio González a su patria no fue el de un héroe recibido con vítores. A su llegada, se encontró con una nación que apenas recordaba su nombre y una estructura política que no le otorgó el lugar que merecía por su sacrificio.

A pesar de presentarse en el Palacio Nacional para relatar su papel crucial en la conspiración original y reclamar su identidad como el armero de la independencia, su reconocimiento fue sumamente tardío. La burocracia y los conflictos internos del joven México independiente eclipsaron la figura de este hombre que había pasado más de un cuarto de siglo en el olvido.

Epigmenio destacó por una sencillez y dignidad excepcionales. Se cuenta que, a pesar de sus carencias, nunca buscó lucrar con su pasado ni aceptó con facilidad los homenajes o la pensión que legítimamente le correspondía. Pasó sus últimos años en la ciudad de Guadalajara, viviendo en una situación económica precaria. Finalmente, falleció el 19 de julio de 1858, víctima de una epidemia de cólera, sin haber visto su nombre plenamente integrado en el panteón de los grandes héroes nacionales.

Legado y Reivindicación

El sacrificio de Epigmenio González Flores es un recordatorio de los «héroes anónimos» que sostuvieron la lucha por la libertad desde la operatividad y el silencio. Hoy, su nombre ha comenzado a ocupar el lugar que le corresponde como «Benemérito de la Patria». Su historia no es solo la de un fabricante de armas, sino la de un ciudadano que estuvo dispuesto a perder su identidad y su vida en el exilio para que México pudiera nacer como nación independiente.

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