La sombra de Maximiliano
- DestacadoB, Historia
- junio 22, 2026
Por: Ximena Nápoles
De un caso espeluznante donde la cotidianidad se mezcla con lo sobrenatural es que nace esta leyenda, la cual cuenta la historia de Simón, un hombre trabajador que sufrió un encuentro inesperado que nunca se olvidará.
Un poco de contexto…
De manera muy superficial, pero no por ello menos interesante: durante la riña entre conservadores y liberales por el dominio del gobierno mexicano, los conservadores invitaron a un monarca europeo llamado Maximiliano de Habsburgo a gobernar el país, mientras que del lado liberal eligieron apoyar a Benito Juárez. Ambos, reconocidos como la autoridad máxima por sus respectivos aliados, comenzaron una etapa de caos en México, pues había dos gobernantes a la vez.


Sin embargo, les salió el tiro por la culata a los conservadores, porque Maximiliano resultó ser aún más liberal que los mismos liberales; promovía ideas como la libertad de imprenta y culto, la expropiación de los bienes de la Iglesia y la devolución de tierras a los indígenas. Incluso le propuso a Benito Juárez unir fuerzas en su momento, pero este se negó. Debido a esto, el emperador perdió el apoyo de los conservadores y del clero, quedándose completamente vulnerable. Fue así como sitiaron a sus fuerzas en Querétaro, lo apresaron y posteriormente fusilaron junto a sus dos reales, Miguel Miramón y Tomás Mejía, en el Cerro de las Campanas el 19 de junio de 1867.

Ahora sí: La leyenda…
Simón, de carácter humilde, era un buen padre, esposo y amigo que trabajaba cuidando el actual Panteón de los Queretanos Ilustres y el Convento de la Santa Cruz de los Milagros justo en el momento del fusilamiento de Maximiliano. No obstante, como nos pasa a muchos, su prioridad principal era mantener a su familia, por lo que los problemas políticos de la nación y quién tenía el poder era algo que para él pasaba a segundo plano. Por eso mismo, no se inmutó cuando le comentaron que un hombre importante de Europa se encontraba preso en el claustro, ni que horas después había sido ejecutado.
Días después, mientras Simón daba rondas por los jardines, un murmullo escalofriante perforó el silencio de la noche; pero él no hizo caso por temor a lo que pudiera encontrar. Pasaron los días y volvió a ocurrir lo mismo mientras barría los pasillos de las tumbas. Fue en una tarde de las siguientes semanas que el suceso se repitió, pero en esta ocasión el murmullo se había convertido en una clara y atemorizante voz que lo llamaba por su nombre: —Simón, Simón…
Él, en un arrebato, se dio la vuelta, quedando completamente petrificado ante una sombra con cara deforme. No podía correr y sentía un frío sepulcral recorriéndole los huesos; sabía que el espectro estaba tratando de comunicarle algo, pero antes de poder descifrarlo, el paisaje se tornó negro y cayó desmayado al piso.

Y es que es cierto que si el alma de Maximiliano había pasado en paz al más allá aún era tema de polémica. Antes de morir, el archiduque le dio una moneda de oro a cada miembro del pelotón y pidió que no le dispararan en la cara, sino en el pecho. Después regresó a su lugar, separó su barba por la mitad para descubrirse el pecho y pronunció sus últimas palabras: “Perdónenme como los perdono yo, vine por el bien de México y no por necia ambición”.
Sería honesto decir que el trato que le dieron al cuerpo de Maximiliano fue más que inhumano. Sacaron sus ojos azules y los reemplazaron por dos negros ojos de cristal pertenecientes a la primera estatua que encontraron en el convento: la estatua de Santa Úrsula. Su corazón fue dividido y puesto en frascos para su venta, y fue tan mal embalsamado que tuvieron que colgar el cuerpo de cabeza hasta que todo residuo saliera para volverlo a procesar. Y como estas, muchas más acciones que duelen mencionar. ¿Habrá entonces su alma partido en paz?


Toda esa noche, la esposa y los amigos de Simón lo esperaron sin noticias. Al amanecer, uno de sus compadres se ofreció a irlo a buscar al convento. Al llegar, encontró el lugar aún cerrado, por lo que se saltó la alta reja solo para encontrar a su amigo en el suelo, inconsciente. Su cara estaba congelada en una expresión de absoluto pánico y tenía el puño cerrado con fuerza, como si resguardara un objeto entre sus dedos.
Simón fue trasladado a un hospital cercano, donde despertó después de tres días. Al relatar lo ocurrido, sus amigos dudaban de la veracidad de sus afirmaciones, sospechando que había sido producto de su mente. Pero todo cambió cuando le preguntaron qué era lo que sujetaba con tanta fuerza. Al abrir el puño, Simón se vio sosteniendo una moneda de oro de 14 quilates con el rostro del fallecido emperador; un Maximiliano idéntico a los que el monarca les había otorgado el día de su muerte a los ejecutores.
Cuenta la leyenda que si te encuentras a la medianoche en el Panteón de los Ilustres, la sombra de Maximiliano se aparecerá ante ti, susurrándote al oído su última y eterna súplica…



