Las puertas del Centro Histórico de Querétaro
- Uncategorized
- agosto 3, 2026
Por Alejandro Lujan
Antes de que existieran los timbres, las casonas queretanas hablaban por sus puertas. Una aldaba bien trabajada podía decir, sin palabras, quién vivía adentro. La próxima vez que camines por el Centro Histórico, detente frente a una puerta vieja. Fíjate si todavía cuelga una pieza de metal en forma de mano, de argolla o de rostro. Esa figura no está ahí nada más de adorno. Se llama aldaba, y durante siglos fue el único timbre que existió. Pero también era algo más: una forma silenciosa de presumir estatus.
En las casonas de Querétaro, como en el resto de las ciudades coloniales de México, mientras más elegante y elaborada era la aldaba, más distinguida se consideraba a la familia que la tenía. No era solo un capricho estético. Entre los antiguos habitantes del centro se decía que «tener buenas aldabas» era sinónimo de tener orgullo, dinero o poder. El detalle viene de mucho más atrás. La costumbre llegó a México desde España, y España la heredó, entre otras influencias, de la cultura árabe que dominó parte de la península ibérica durante siglos. Ahí, según cuenta la tradición, algunas puertas tenían dos aldabas: una para que tocaran los hombres y otra para las mujeres, cada una con un sonido distinto. Así, quien estaba adentro sabía quién llamaba antes de abrir.
Esa lógica práctica -anunciarse sin necesidad de gritar ni asomarse- se combinó con el tiempo con el gusto por el hierro forjado y el bronce trabajado a mano. Las familias con más recursos encargaban piezas grandes, con figuras de leones, manos o rostros. Las casas más modestas se conformaban con aros sencillos.
El golpe de la aldaba caía siempre sobre otro elemento clave: un clavo de cabeza gruesa, incrustado en la madera, que funcionaba como superficie de choque. Ese detalle metálico, casi invisible para quien no lo busca, era el que en realidad producía el sonido que anunciaba la visita. Con la llegada de los timbres eléctricos y los interfonos, buena parte de estas piezas perdió su función. Muchas casas del centro las conservan, pero ya no las usan. Son, a estas alturas, más un adorno que devuelve la mirada a otra época que una herramienta cotidiana.
Detrás de esas puertas hay, además, historias completas. La actual sede del Palacio de Gobierno, sobre la calle Pasteur, fue la casa donde vivió Josefa Ortiz de Domínguez, La Corregidora. Conserva buena parte de su estructura colonial original, con elementos de cantera rosa, el material que define buena parte del paisaje del centro histórico queretano. Unas calles más allá, la Casa de la Zacatecana carga una leyenda oscura sobre crímenes ocurridos entre sus muros y hoy funciona como museo.

Todo ese conjunto de casonas, con sus patios interiores, sus balcones de herrería y sus puertas de madera pesada, es justamente lo que la UNESCO reconoció como Patrimonio de la Humanidad en 1996.Nada de esto viene explicado en una placa ni aparece en un mapa turístico. Hay que caminar despacio y mirar hacia los detalles pequeños para notarlo. La próxima vez que pases frente a una de esas puertas antiguas, tómate un segundo. Esa aldaba que cuelga ahí llevaba siglos hablando antes de que alguien inventara el timbre. Solo hace falta aprender a escucharla.


