El sonido que el centro de Querétaro no deja de repetir
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- julio 28, 2026
Por Alejandro Lujan
Entre campanas, organillos y piedras que suenan como campanas, el centro histórico tiene una identidad sonora que casi nadie se detiene a escuchar. Esto es lo que hace ruido en Querétaro.
Camina por el centro un fin de semana y en algún momento vas a escuchar un organillo. Esa manivela girando, esa melodía de vals que sale de un cilindro de madera, es uno de los sonidos más reconocibles de cualquier centro histórico mexicano. Lo que probablemente no sabes es que, en Querétaro, a los organilleros no los dejan tocar justo ahí.
Antonio Téllez es organillero de tercera generación. Su papá le enseñó el oficio y él lo sigue ejerciendo, pero cuenta que en Querétaro los mandan «a las orillas»: no puede pararse en el primer cuadro del centro, y cuando lo ha intentado, hasta le han pedido que se mueva de un semáforo. La ironía es que a unas calles de ahí, en el cruce de Bernardo Quintana y Los Arcos, hay una estatua dedicada justamente a un cilindrero.

El oficio llegó a México en 1880, durante el Porfiriato, importado de Europa junto con los primeros organillos de manivela. El uniforme color caqui que usan hasta hoy, dice la tradición oral, es un homenaje a los Dorados de Francisco Villa. Cada organillo trae guardadas ocho o diez melodías fijas, entre ellas «Sobre las olas» del compositor guanajuatense Juventino Rosas, una de las piezas que más se repiten en las calles de todo el país.
Otro sonido que le da nombre a un lugar entero está en el Cerro de las Campanas. Ahí existen piedras que, al golpearse entre sí, producen un tono parecido al de una campana, debido a su composición mineral. De ese detalle acústico -no de las campanas de ningún templo- viene el nombre del cerro que después sería escenario del fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo.
Las campanas de verdad, las de los templos, son otra capa del paisaje sonoro del centro. Querétaro concentra decenas de iglesias barrocas y neoclásicas dentro de un área caminable, así que en ciertas horas del día, sobre todo hacia el mediodía, es común escuchar más de un repique al mismo tiempo, unos encimados con otros, marcando la vida religiosa de la ciudad como lo han hecho desde la época virreinal.
A todo esto se suma el pregón, esa forma casi cantada con la que los vendedores ambulantes anuncian lo que llevan: tamales, elotes, nieves, según la hora y la temporada. Es un sonido que cambia poco de una ciudad mexicana a otra, pero que en el centro de Querétaro se mezcla de forma particular con el eco de la cantera y los callejones estrechos, que hacen rebotar cada voz de una manera distinta a como sonaría en una avenida ancha.
Nada de esto está en una placa conmemorativa. Los edificios se fotografían, se restauran y se protegen; los sonidos, en cambio, dependen de que alguien siga tocando el organillo, de que las campanas sigan repicando y de que a nadie se le ocurra callar al vendedor de la esquina. La próxima vez que camines por el centro, cierra los ojos un momento. Vas a notar que Querétaro también se reconoce con los oídos.


