El negocio más viejo de Qro

Por Alejandro Lujan

Hay una panadería en el centro que lleva más de un siglo horneando pan y una cantina que cambió de dueño como regalo entre hermanas. Esta es la historia de los negocios que Querétaro no ha dejado morir.

Hay un olor a pan recién horneado que lleva más de cien años saliendo por la misma puerta en el centro de Querétaro. Pertenece a La Vienesa, la panadería más antigua de la ciudad, y detrás de ese olor hay una historia que empieza casi sin dinero.

La panadería abrió en 1919. La fundó un panadero originario de Huichapan, Hidalgo, de apellido Ranero, quien le puso el nombre pensando en la tradición panadera de Viena. Con los años, ya mayor, decidió venderla a un trabajador de confianza. Ese trabajador era Carlos Pacheco Téllez, que había llegado a Querétaro ese mismo año de 1919 y que de niño había tenido que cuidar chivas en El Pueblito porque en su casa no alcanzaba el dinero. Entró a La Vienesa como mozo. Años después, cuando el dueño quiso retirarse, le ofreció comprarla. Carlos no tenía el dinero, así que lo pidió prestado a su patrón. En 1943 se quedó con la panadería por tres mil pesos.

De ahí en adelante, la historia de Carlos y la de La Vienesa se volvieron la misma cosa. En 1964 instaló el primer horno eléctrico que existió en el estado, traído de España, con todo y un albañil español enviado por la fábrica para montarlo. Su hijo Álvaro siguió el negocio y hoy son los nietos quienes despachan el pan cada mañana. Más de cien años después, las conchas, los condes y los cacahuates rellenos de crema se siguen haciendo con las mismas recetas.

A unas cuadras de ahí sobrevive otro negocio con una historia igual de particular, aunque de otro giro completamente distinto: la cantina La Casa Verde. Se sabe que abrió en 1928 en el cruce de Escobedo y Guerrero, pero nadie conserva el nombre de quién la fundó. Después se mudó frente a lo que entonces era la estación del tren. La licencia del lugar pasó, hace algunas décadas, como un regalo de una hermana a otra, y desde entonces ha cambiado de manos varias veces sin perder su nombre ni su lugar en el centro.

Ninguno de los dos negocios sobrevivió por publicidad ni por estrategia de expansión. Sobrevivieron porque alguien, generación tras generación, decidió que valía la pena seguir abriendo la cortina cada mañana. Eso es más difícil de sostener que cualquier receta o cualquier reforma al local. Hoy, caminar por el centro de Querétaro entre cafeterías nuevas y locales de conceptos importados hace fácil no notar estos negocios. No tienen letreros llamativos ni presencia exagerada en redes. Pero ahí siguen, con el mismo nombre de hace un siglo, atendidos por la tercera o cuarta generación de la misma familia.

La próxima vez que pases por Vicente Guerrero o por el rumbo de Escobedo, entra. No hace falta comprar mucho. Basta con saber que ese pan, o esa cantina, llevan cargando la historia de la ciudad desde mucho antes de que tú nacieras. Con esta nota cerramos, por ahora, el recorrido por las puertas, los árboles, las calles, los sonidos y los negocios que sostienen la identidad de Querétaro sin que casi nadie se detenga a mirarlos.

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