La historia olvidada de los «poyos» en Querétaro

¿Qué hacíamos antes de que el mundo se mudara a las pantallas? Hubo un tiempo en que la vida no se scrolleaba; se vivía en la acera. Antes de las cafeterías de especialidad, de las terrazas estéticas, de los algoritmos (Que no tienen nada de malo, la comunidad, el chisme y el amor se gestionaban en un bloque de mampostería y cal de apenas 50 centímetros de alto.

Te hablo de los poyos, un elemento de la arquitectura urbana y la cultura popular que hoy parece completamente olvidado, pero que durante siglos fue el verdadero corazón de los barrios queretanos.

¿Qué era un poyo? Un diseño inteligente del pasado

Si caminas hoy por el Centro Histórico de Querétaro, en barrios fundacionales como San Roque, La Cruz o El Tepetate, o si visitas los cascos de las viejas haciendas del Bajío, notarás que algunas casonas aún conservan, casi siempre ya recluidos dentro de los zaguanes, unos bancos de piedra o ladrillo adosados directamente a la pared. Eso es un poyo.

Heredados de la arquitectura andaluza y mudéjar, los poyos exteriores se construían junto a la puerta de la calle. En España (como en el bellísimo pueblo de Trébago, Soria, de donde saltó esta tradición a América), muchos poyos tenían un muro perpendicular llamado paretón para proteger a la gente del gélido viento del norte. En Querétaro, bendecido con un clima mucho más noble, el poyo era el pretexto perfecto para ganarle espacio a la propiedad privada y regalárselo a la vida pública.

El poyo no era solo un lugar para sentarse; era una infraestructura social polifacética:

La hora del fresco: En las cálidas noches de mayo y junio, las familias enteras sacaban el cuerpo de las casas para «tomar el fresco» en el poyo, platicar con los vecinos y ver pasar la vida.

El Tinder del siglo XIX: Cuando un noviazgo era formalmente aceptado por los padres, el poyo exterior de la casa de la novia se convertía en el único espacio de intimidad para la pareja. Ahí, bajo el sereno y con la complicidad de la familia (que se metía a la casa para dejarlos solos), se desgranaban las promesas del futuro.

Un aula sin paredes: En una época donde la educación formal no llegaba a todos, el poyo era el lugar donde los abuelos leían libros serios por las tardes, contaban leyendas locales o enseñaban a leer y escribir a los adultos del barrio.

Hacia el interior de las casas y las cocinas, los poyos también tenían una función logística vital: sobre ellos se asentaban las grandes tinajas y cántaros de agua que traían los aguadores desde el Acueducto, las sacas de harina para el pan de todo el año y las ollas de barro con la matanza.

Si eran tan útiles y humanos, ¿dónde quedaron? La respuesta está en la llegada de la modernidad.

A finales del siglo XIX y principios del XX, durante el Porfiriato, Querétaro entró en una etapa de «higienización» y ordenamiento urbano. Con la llegada de los tranvías y los primeros automóviles, las calles necesitaban banquetas libres y alineadas. Los poyos exteriores, al sobresalir del lienzo de la fachada, comenzaron a ser vistos por las autoridades como «obstáculos» para el libre tránsito peatonal y moderno.

Muchos propietarios fueron obligados a demolerlos. Al mismo tiempo, la llegada de la radio, la televisión y el cambio de las casonas residenciales a locales comerciales terminaron por recluir la vida hacia el interior. Dejamos de habitar la calle.

Hoy, los pocos poyos que sobreviven en Querétaro están escondidos en los zaguanes de los hoteles boutique del centro, en las entradas de algunas vecindades que se resisten a morir o en las zonas rurales del Semidesierto y la Sierra Gorda.

La próxima vez que camines por el centro y veas uno de estos bancos de cantera, no veas solo piedra vieja. Estás viendo los restos de una época donde la empatía, el cuidado comunitario y las grandes historias de amor se construían a ras de suelo, justo al cruzar la puerta de la casa.

Y tú, ¿con quién te sentarías a tomar el fresco hoy si todavía tuviéramos poyos en las banquetas?

Lecturas recomendadas para los amantes de la historia local:

  • Manuel Díaz Ramírez – «Querétaro en el tiempo: Apuntes sobre la evolución urbana».
  • José Luis Lanzagorta Vallín – «La casa de vecindad en el Querétaro del siglo XIX».

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